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Borges incrédulo, tiñe de locura las palabras de Daneri, pero más tarde se convence de la existencia del Aleph, experimentando en carnes propias esa vertiginosa visión:
Lo que vieron mis ojos fue simultáneo: lo que transcribiré, sucesivo, porque el lenguaje lo es. Algo, sin embargo, recogeré.
En la parte inferior del escalón, hacia la derecha, vi una pequeña esfera tornasolada, de casi intolerable fulgor. Al principio la creí giratoria; luego comprendí que ese movimiento era una ilusión producida por los vertiginosos espectáculos que encerraba. El diámetro del Aleph sería de dos o tres centímetros, pero el espacio cósmico estaba ahí, sin disminución de tamaño. Cada cosa (la luna del espejo, digamos) era infinitas cosas, porque yo claramente la veía desde todos los puntos del universo. Vi el populoso mar, vi el alba y la tarde, vi las muchedumbres de América, vi una plateada telaraña en el centro de una negra pirámide, vi un laberinto roto (era Londres), vi interminables ojos inmediatos escrutándose en mí como en un espejo, vi todos los espejos del planeta y ninguno me reflejó, vi en un traspatio de la calle Soler las mismas baldosas que hace treinta años vi en el zaguán de una casa en Fray Bentos, vi racimos, nieve, tabaco, vetas de metal, vapor de agua, vi convexos desiertos ecuatoriales y cada uno de sus granos de arena, vi en Inverness a una mujer que no olvidaré,(...) vi la circulación de mi oscura sangre, vi el engranaje del amor y la modificación de la muerte, vi el Aleph, desde todos los puntos, vi en el Aleph la tierra, y en la tierra otra vez el Aleph y en el Aleph la tierra, vi mi cara y mis vísceras, vi tu cara, y sentí vértigo y lloré, porque mis ojos habían visto ese objeto secreto y conjetural, cuyo nombre usurpan los hombres, pero que ningún hombre ha mirado: el inconcebible universo.
Desde el cuento, Borges utiliza la enumeración como recurso para expresar la multiplicidad y rapidez a la que se suceden las imágenes. Estas se superponen como los fotogramas de una película, y al igual que destellos luminosos sobre el cristal de un prisma, relegan la oscuridad del sótano de Daneri a un segundo plano.
Resulta significativo el hecho de que el Aleph se esconda en el lugar profundo de la casa. El espacio donde se desarrolla la escena principal no está escogido gratuitamente. Por poco que hallamos disfrutado de lecturas como las de Bachelard, encontraremos sedimentadas ideas entorno a los valores psicológicos y poéticos que encierran determinados espacios.
En la Poética del Espacio, este soñador de ambientes, plantea que la casa es imaginada como un ser vertical y esta verticalidad se define a través de la polaridad que se crea entre el sótano y la buhardilla.
| El sótano es el ser oscuro de la casa, el ser que participa de los poderes subterráneos. Soñando con él, nos acercamos a la irracionalidad de lo profundo. Nos haremos sensibles a esta doble polaridad vertical de la casa, si nos hacemos sensibles a la función de habitar, hasta el punto de convertirla en réplica imaginaria de la función de construir. Los pisos altos, el desván, son edificados por el soñador, él los reedifica bien edificados. Con los sueños en la clara altura estamos, repitámoslo, en la zona racional de los proyectos intelectualizados. Pero en cuanto al sótano, el habitante apasionado lo cava, lo cava más, hace activa su profundidad. El hecho no basta, el ensueño trabaja. Del lado de la tierra cavada, los sueños no tienen límite. Bachelard, Gaston, La poética del espacio, Fondo de Cultutra Económica, Madrid, 1988 |
![]() El descenso, 1999 |
Habitar debe ser equiparable a construir y construir a crear. Por lo tanto si el sótano posee una poética específica en su habitar, el individuo que lo habita deberá al mismo tiempo mostrar una actitud característica al hacerlo. ¿Qué buscamos cuando cavamos?, ¿qué tesoros pretendemos alcanzar descubriendo la tierra húmeda?, ¿qué metáfora encierra el agujero que convertimos en morada y que se hace cada vez más grande ante nuestro paso?.
Volvamos una vez más al universo borgiano, y detengámonos en el relato; ya que su historia puede esbozar nuestra siguiente parada. Carlos Daneri necesitaba angustiosamente el Aleph para finalizar un poema que dilataba hasta el infinito las posibilidades de la cacofonía y el caos. Al margen de la mediocridad o brillantez de su creación, Daneri encontraba en el Aleph la inspiración. Sus bajadas al sótano eran caídas en el espacio de los proyectos pasionales. Desde su mirador particular, el poeta contemplaba las imágenes intemporales del mundo, de la vida; y ese movimiento de luz cegadora activaba el mecanismo creativo del artista.
La realidad en la que nace y se sostiene el mito artístico es en el territorio de lo informe; y por lo tanto no nos sorprende que Orfeo, aquel que logró sobrepasar los límites del Averno, se haya ganado el sobrenombre de primer artista, ya que el arrojo de su viaje, lo han convertido en el viajero vertical por excelencia.
Tal y como nos cuenta Ovidio, Orfeo baja hasta el Estigio a través de la puerta del Tenaro para rescatar a Eurídice, muerta por el veneno de una víbora. El amor hacia Eurídice, la angustia por no tenerla, es la fuerza que impulsa a Orfeo a buscarla en el abismo de las tinieblas. Su mirada, aunque estaba teñida por el deseo y la necesidad de la búsqueda, no pretendía violar las reglas del reino de Perséfone. Transformado en canto, el poeta del Ródope llega a conmover a la diosa, y esta consiente la entrada. Sin embargo la salida no fue recompensada. Orfeo fue traicionado por la curiosidad de la duda, él temeroso de que ella no estuviera, ansioso por verla, volvió hacia atrás la mirada, lleno de amor. Inmediatamente ella vuelve a caer, y tendiendo los brazos lucha por aferrarse y ser aferrada, pero la infeliz no agarra sino el aire huidizo 5 . Al igual que la mujer de Lot traiciona el acuerdo de no volver su ojos al horror, y es convertida en sal, Orfeo rompe el pacto con Perséfone y regresa a la superficie con un puñado de viento en la mano.
La tarea del artista es como la de un equilibrista, cuyos instrumentos de trabajo son el alambre de la consciencia y el abismo sobre el que se sostiene. La inspiración, momento diáfano que todo artista desea saborear, implica contradictoriamente sumergirse en el pozo de lo irracional. A lo largo de la historia se ha buscado la inspiración a través de experiencias a las que podríamos calificar como abismales. Pensemos en las reflexiones surrealistas, próximas a considerar el pensamiento creativo como algo cercano a la muerte; en la importancia otorgada al mundo onírico; en la alteración de la consciencia por medio de sustancias psicotrópicas; o en aquellos paisajes románticos engrandecidos, abismos transfigurados, contemplados por los ojos de un hombre abierto a la energía desatada de los fenómenos naturales.
El artista es un ser abismado, que cuestiona lo que lo rodea, y da forma a sus preguntas por medio de la obra. La separación entre la consciencia y su exterioridad derivan en estados anímicos como la desesperación, la melancolía, el sufrimiento y la angustia, sentimiento este que nos despierta del adormecimiento de la rutina, devolviéndonos la imagen de un ser errante, extraviado, incompleto. La experiencia artística se convierte en catarsis en la que el autor rompe las barreras de lo establecido. Sin embargo esto propició la aparición de un artista trágico, de un romanticismo caduco que anodinamente proclamaba a los cuatro vientos su tragedia interior. ¿Cuanto hay de cierto en los cantos desesperados de aquellos que manifiestan su incompatibilidad con la vida?.
![]() Pozo, 1999 |
Expresar en forma de arte, con propósito catártico, una tragedia interior, puede hacerlo sólo el artista que a través de la tragedia vivida ya andaba tendiendo sutilmente sus hilos constructivos, ya desarrollaba una incubación creadora. No existe la tempestad sufrida locamente y luego la liberación a través de la obra, so pena de suicidio. Tan verdad es, que los artistas que verdaderamente han matado por sus casos trágicos son de ordinario cantores ligeros, diletantes de sensaciones, que a nada aludieron en sus cancioneros del profundo cáncer que los devoraba. De lo que se aprende que el único modo de salvarse del abismo es mirarlo y medirlo y sondarlo y bajar a él 6.
El que ha de contar la experiencia abismal revelando lo que ha visto, ha de pagar el precio de vivir por siempre en el bosque de la noche 7, de contemplar el mundo con los ojos rojos, con la mirada transfigurada para siempre. Deleuze, manifiesta que la obra de arte es dar un salto liberador hacia lo infinito, alterando cualquier orden, y el artista, en esencia, es aquel que, eludiendo el peligro de morir, logra superar la prueba de entrar en el caos y salir de él con los ojos enrojecidos.
Hasta aquí nuestra mirada más descarnada. ¿A qué conclusiones podemos llegar tras nuestro recorrido?. Desde una óptica positiva, nuestro texto pretende arrojar luz sobre el abismo y abrir una vez más la caja de Pandora, para liberar a la esperanza rezagada. Lo que proponemos es llegar a compartir una actitud vital, que cuestione todo aquello que hasta ahora hemos guardado en el cajón de la normalidad. Busquemos un Aleph nuevo cada día, diseccionemos las pieles del mundo abandonándonos a nuestros sentidos. Atrevámonos a mirar con ojos nuevos; porque desde esa mirada abismada, propia de un juego de apariencias, lograremos hacer activa la profundidad del sótano, soñando en la claridad del día la embriaguez de la noche.
Texto publicado en el cátalogo de la exposición Sentidos del mirar, realizada en la Galería Bacelos de Vigo entre los días 12 de enero y 2 de febrero del año 2001.
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